10 DE NOVIEMBRE: DÍA MUNDIAL DE LA CIENCIA PARA LA PAZ Y EL DESARROLLO

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10 Nov

La ciencia al servicio de un futuro en paz y sostenible, no de la violencia.

Una de las características más destacadas de las sociedades contemporáneas es la importante presencia en ellas de la ciencia y la tecnología, y esta creciente presencia, las hace cada vez más relevantes para la promoción de la paz, entendida como aquellos procesos que contribuyen a la satisfacción de las necesidades humanas en condiciones de equidad y sostenibilidad, y para ello se necesita la aplicación constante de los conocimientos elaborados por las distintas culturas humanas a lo largo de la historia, de nuevas indagaciones científicas. Pero la ciencia y la tecnología actúan con frecuencia como factores que aceleran procesos violentos, a través del diseño y construcción de armas cada vez más destructivas, o de procesos que generan un grave deterioro ambiental y el agravamiento de las desigualdades entre los habitantes del planeta. (Sánchez.J, Rodríguez. J. Manual de Paz y Conflictos)

La celebración de esta fecha declarada por la ONU, se basa en la primicia de que la ciencia es la herramienta para comprender el mundo que nos rodea y que aplicar esos conocimientos en nuestro beneficio, nos debe permitir hallar soluciones para los nuevos desafíos económicos, sociales y ambientales con los que construir un futuro sostenible.

En este año 2018, se conmemora el 70º aniversario la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en concreto, el derecho a la ciencia, como se recoge en el artículo 27 de la declaración: reconocer que todo el mundo tiene derecho a participar de la ciencia y a beneficiarse de ella.

Hoy en día y todos los días, los pueblos del mundo seguimos luchando por la igualdad, justicia y libertad plena de nuestros derechos. Luchamos por la paz.

Una de los episodios más fatídicos de nuestra historia, fue protagonizada por el desarrollo de una tecnología que termino en un arma nuclear y casi acabo con el pueblo de Hiroshima. Vale la pena recordar a través de una crónica del Maestro García Márquez, esta terrible calamidad. La ciencia no puede volver a permitir tal monstruosidad.

 

EN HIROSHIMA, A UN MILLÓN

DE GRADOS CENTÍGRADOS

Un testigo presencial de la devastación de Hiroshima por la bomba atómica está desde ayer en Bogotá: el sacerdote jesuita Pedro Arrupe, quien el 6 de agosto de 1945-primer día de la era atómica- desempeñaba el cargo de rector del noviciado de la Compañía de Jesús en Hiroshima. Por ser español y ser España un país neutral, el padre Arrupe continuaba en territorio japonés, después de que el gobierno del Mikado había dispuesto de todos los extranjeros originarios de países beligerantes. No había guerra en Hiroshima. Curiosamente, en una de las principales ciudades japonesas, con 400.000 habitantes, de los cuales 30.000 eran militares, no se habían conocido los estragos de una guerra internacional de seis años: una sola bomba había sido arrojada sobre la ciudad, y sus habitantes tenían motivos para pensar que se trató de un bombardeo accidental, sin ninguna consecuencia.

Escuelas de 2.000 niños

Sin embargo -cuenta el padre Arrupe- la población civil estaba preparada para cualquier emergencia. La policía de Hiroshima tenía una organización perfecta, por medio de la cual se controlaba a una ciudad más grande y más poblada que cualquiera de las ciudades colombianas: una ciudad compuesta en general por la clase media japonesa, dedicada al comercio en pequeña escala y a la pesca fluvial. De los 400.000 habitantes 50.000 eran niños en edad escolar. Y es posible afirmar que el 6 de agosto de 1945, esos 50.000 niños estaban en la escuela, mientras sus padres se dirigían al trabajo. En el Japón la educación era obligatoria durante los ocho primeros años, y cada escuela de Hiroshima era un enorme local con capacidad para 2.000 niños.

El último minuto

Mientras Tokio, la capital, había sido devastada en gran parte por los constantes bombardeos, Hiroshima era una gigantesca ciudad intacta, con casas construidas de madera liviana para disminuir el constante riesgo de los terremotos. Todos los habitantes, salvo los sacerdotes católicos y 500 japoneses, profesaban el culto de Buda: había 750 templos, y apenas una pequeña parroquia católica en el centro mismo de la explosión, y una capilla en el noviciado, a seis kilómetros de distancia.

A pesar de que nunca había padecido un bombardeo, la población de Hiroshima, severamente disciplinada, se precipitaba a los refugios cada vez que sonaban las sirenas de alarma. Había numerosas sirenas distribuidas por toda la ciudad. El 6 de agosto de 1945, un poco antes de las ocho de la mañana, los ciudadanos que se dirigían a su labor, y los niños en la escuela (las clases comenzaban a las siete), oyeron sonar las sirenas y corrieron a los refugios antiaéreos. Poco después se anunció que había cesado el peligro y la ciudad reanudo su marcha normal.

¡El flash!

El padre Arrupe cuenta que en ese instante, después de la misa y el desayuno, se encontraba en su alcoba cuando sonaron las sirenas de alarma. Luego oyó la señal de que había cesado el peligro. El día comenzaba como siempre. En el noviciado, a pesar de la distancia, se advertía perfectamente el movimiento de la ciudad.

“De pronto vi un resplandor como el de la bombilla de un fotógrafo”, dice el padre Arrupe. Pero no recuerda haber escuchado la explosión. Hubo una vibración tremenda: las cosas saltaron de su escritorio y la alcoba fue invadida por una violenta tempestad de vidrios rotos, de pedazos de madera y ladrillos. Un sacerdote que avanzaba por el corredor fue arrastrado por u terrible huracán. Un segundo después surgió un silencio impenetrable, y el padre Apurre, incorporándose trabajosamente, pensó que había caído una bomba en el jardín.

¿Qué pasó?

El antiguo rector del noviciado de Hiroshima, que tiene la apariencia de ser un hombre sereno, recuerda aquel instante particularmente por el silencio. Transcurrieron más de diez minutos después del relámpago, sin que se hubiera dado cuenta de que la ciudad estaba en llamas. Los habitantes del noviciado tuvieron tiempo de inspeccionar el jardín, antes que el humo blanco y espeso se disipara por completo y se viera, a seis kilómetros de distancia, el gigantesco e incontenible incendio que devoraba la ciudad.

Recuerdo del Apocalipsis

“No hay modo de describir lo que encontramos” cuenta el sacerdote. Y dice sencillamente que hay que imaginar el caos: donde antes había calles, no había sino escombros; donde había casas, sólo se encontraban ruinas, y en la terrible crepitación del incendio y el humo y el polvo era imposible ver o escuchar algo que recordara la presencia humana.

Gente humilde de las aldeas vecinas trataban de llegar al centro de la catástrofe. Paero era imposible, Las enormes llamaradas de más de un ciento de metros de altura impedían el acceso a la ciudad. Antes del medio día comenzaron a desarrollarse fantásticos fenómenos atmosféricos.

Un terremoto de laboratorio

Primero fue la lluvia. Un violento aguacero se desplomó sobre la ciudad y extinguió las llamas en menos de una hora. Después fue un tremendo huracán que condujo por el aire enormes troncos de árboles calcinados, ruedas de vehículos, animales muertos y toda clase de escombros. Por encima de las cabezas de los sobrevivientes, pasaron a considerable altura, volando, impulsados por el huracán, los destrozos de la catástrofe.

En aquel instante fueron aterradores, pero en la actualidad aquellos fenómenos están perfectamente explicados: la condensación del vapor provocada por la inconcebible elevación de la temperatura –que se ha calculado en un millón de grados centígrados- fue el origen de la lluvia torrencial. El vacío, la descompensación producida por la violenta absorción, dio origen al huracán apocalíptico que contribuyó a agravar la confusión y el terror.

Las primeras víctimas

El primer contacto que tuvo el padre Arrupe con las víctimas de la catástrofe fue la visión de tres mujeres jóvenes, abrazadas, que con el cuerpo en carne viva surgieron de los escombros. Entonces comprendió que no se trataba de un incendio corriente: el cabello de las víctimas se desprendía con extrema facilidad y en pocas horas la ciudad había sido destruida por completo y sus habitantes reducidos a una confusa multitud de cadáveres y moribundos ambulantes.

Se ignoraban cuáles debían ser los primero auxilios en aquel caso. No era quemaduras corrientes. A un grupo de niños socorrido por el padre Arrupe, se le desprendía sin esfuerzo el cuero cabelludo. Entre la piel y los huesos se encontraron pedazos de vidrios incrustados.

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A salvo en el río

Hiroshima es una ciudad construida en las cinco islas formadas por el delta del río Otagawa. Cuatro brazos fluviales la atraviesan de lado a lado. Cuando estalló el caos, cuando las llamas gigantescas se levantaron en toda la ciudad, los sobrevivientes sólo pensaron en correr hacía el agua. A las cinco de la tarde el padre Arrupe logró penetrar a la ciudad. Avanzó con una multitud venida de las aldeas vecinas, por sobre los escombros y vio cuerpos destrozados, rostros de agonizantes desfigurados y los ríos densamente ocupados por una multitud caótica y delirante.

“Los niños de Hiroshima”

En la película “Los niños de Hiroshima” –una película que el padre Arrupe no ha visto- se ha reconstruido la catástrofe, minuto a minuto. Por la descripción que hace el único testigo presencial que ha venido a Colombia, se advierte que la reconstrucción del filme es de una asombrosa fidelidad, de un milagroso realismo. La multitud se desplazó, como una gran masa flotante, hacía los diferentes brazos de los ríos. Y hubo una razón para que fueran mayores los estragos en la población infantil: a las 8:10 de la mañana, hora en que estalló la bomba, puede decirse que no había un niño en edad escolar cerca de sus padres. Todos estaban en la escuela. Cuando al atardecer empezaron a prestarse los primeros auxilios, los padres de familia estaban bajo los escombros de los hogares o de los establecimientos comerciales. Y los niños, todos los niños de Hiroshima, confundidos, desfigurados y sin identificar; 50.000 niños estudiantes, estaban muertos, heridos o agonizando en masa, bajo los escombros de las escuelas.

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20 kilos de ácido bórico

En Hiroshima había 260 médicos; 200 murieron instantáneamente a causa de la explosión. La mayoría de los restantes quedó herida. Los muy pocos sobrevivientes –entre ellos el padre Arrupe, graduado en medicina- no disponían de ningún elemento para auxiliar a las víctimas. Las farmacias, los depósitos de drogas, habían desaparecido bajo los escombros. Y aún en el caso de que se hubiera dispuesto de elementos, se ignoraba por completo qué clase de tratamiento debía aplicarse a las víctimas de aquella monstruosa explosión.

Los primeros heridos auxiliados por el padre Arrupe, sin embrago, fueron favorecidos por un acontecimiento todavía no explicado: en medio de la confusión, un aldeano puso a la disposición del sacerdote un saco de 20 kilos de ácido bórico. Fue el primer tratamiento que se les administró: cubrir las heridas con ácido bórico. En la actualidad todos se encuentran en buen estado de salud, dice el padre Apurre, quien todavía no puede entender qué hacía un campesino de Hiroshima con 20 kilos de ácido bórico en su casa.

 

Gabriel García Márquez

Crónicas y reportajes

1976

 

 

 

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